Convencer a una persona aficionada a los toros de que su distracción y su placer como espectadora implica la brutal tortura de un animal criado sólo para finalmente ser sacrificado en el ruedo es una tarea imposible. Normalmente, es un diálogo de sordos. La persona que siente empatía por el toro y padece con su sufrimiento habla un idioma que no entiende quien goza con lo que considera un arte noble, una elevada expresión artística, una maravillosa tradición cultural. Una persona que a su vez siente que su postura taurina, su goce estético y su justificación del toreo es absolutamente incomprendida por su oponente dialéctico, al que a menudo suele considerar un ignorante, un inculto, alguien de una sensibilidad endeble y enfermiza.
Quizás la palabra clave es la empatía. Dudar de que la emergencia de la empatía ha sido uno de los aspectos fundamentales que han permitido el proceso de humanización parece que está fuera de lugar. Y ahondando en esta característica, no parece muy aventurado argumentar que la extensión de este sentimiento de empatía es una forma de afianzar y refinar este proceso evolutivo. Un proceso que, de forma progresiva, nos ha llevado a una humanización marcada, entre otras características, por una sensibilidad más acusada hacia el dolor y el sufrimiento de aquellos que nos rodean. En primer lugar los seres humanos, pero no de forma exclusiva.
En la actualidad muchos seres humanos siguen padeciendo vejaciones, malos tratos y torturas a manos de personas con una capacidad de empatía sin duda atrofiada. Frenar e intentar erradicar estas situaciones sin duda debería ser la mayor prioridad de la humanidad.
Pero no somos los únicos seres sensibles y capaces de sufrir, y por lo tanto dignos de compasión. Compartimos estas características, la capacidad de padecer, de sentir dolor, con otros seres vivos. Y es probable que la insensibilidad hacia el sufrimiento de los animales no humanos con los que convivimos o compartimos la existencia no sea precisamente ninguna ayuda si lo que pretendemos es evolucionar como personas, orientándonos hacia una forma de ser humanos cada vez más pacífica y solidaria. Una forma de ser humanos en la que el dolor gratuito y evitable de los seres sensibles (humanos o no), sea sólo un recuerdo del pasado, de tiempos bárbaros y violentos por fortuna superados. Un proyecto en el que por otro lado los aliados en ocasiones son dudosos: existen algunas personas con una gran sensibilidad hacia el sufrimiento de los animales, pero que al mismo tiempo, y de forma sorprendente, mantiene actitudes de una gran insensibilidad hacia el sufrimiento de las personas. Es algo que entristece y deslienta.
Humanizarse es un proceso dinámico, abierto, por definición inacabado. Su orientación depende de nosotros, del modelo que queramos inventarnos y promover como ideal. Entre la barbarie y los distintos modelos y grados de empatía, no parece tan mala opción preferir un modelo en el que las personas no se vean sometidas a torturas ni vejaciones. Un modelo que al mismo tiempo tenga en cuenta y evite en la medida de lo posible el sufrimiento de los animales no humanos, en el que no tengan cabida las distintas costumbres, tradiciones o prácticas asociadas al ocio o a la explotación comercial en las que los animales son maltratados y sufren. En el que sean inimaginables, por ejemplo, espectáculos como los de las corridas de toros.
18 diciembre 2008
14 diciembre 2008
La religión de los derechos humanos
Somos insignificantes, y al mismo tiempo tenemos la imperiosa necesidad de reconocernos a nosotros mismos como seres con algún significado. Reconocernos y a la vez ser reconocidos como tales por los demás, ambas cosas. Es este significado y este doble reconocimiento, propio y ajeno, lo que da sentido a nuestras vidas.
Pero en este universo surgido de la nada y destinado a la nada los significados son forzosamente precarios. Y como la precariedad y la fragilidad generan un sentimiento difícil e incómodo de sobrellevar, provocador de ansiedad, tenemos la tendencia a intentar transformar estas emociones, buscando alguna alternativa apaciguadora. Una forma eficaz de gestionar la fragilidad y el temor existencial, practicada desde los albores del proceso de humanización, es la interiorización de creencias. En general fantasiosas, meras invenciones irracionales, pero que a pesar de ello (o precisamente por ello), a menudo tienen la virtud de aliviarnos.
La religión laica, si aceptamos llamarla así, de los derechos humanos es el resultado de un proceso de este tipo. El resultado en concreto de la siguiente creencia: la dignidad inherente a todo ser humano por el mero hecho de existir. Una invención humana como otra cualquiera, por mucho que se quiera sacralizar. Pero con algunas particularidades: no se asume como el resultado de ningún designio divino, sino del consenso humano, del acuerdo, del pacto, entre los sujetos afectados, nosotros, la humanidad. Este acuerdo, este convencimiento, convertido en creencia (la creencia como mínimo en que es una invención inteligente), es el germen fundacional de esta nueva religión que llamamos derechos humanos, y que hasta el momento ha demostrado dar mejores resultados que las creencias ensayadas anteriormente, todas igualmente inventadas, pero algunas sin duda mejores, más útiles, para organizar la convivencia humana.
En el caso de los derechos humanos, caracterizada también por toda la fragilidad primigenia y los peligros inherentes a todas las religiones consolidadas o en proceso de consolidación: tendencia a la jerarquía, sumisión de los miembros pasivos, falta de dinamismo conceptual, ritualización... Son aspectos que no hay que olvidar, para que estos peligros no se materialicen y entonces acaben hipotecando el gran potencial que encierra esta moderna creencia, esta invención que los seres humanos nos hemos regalado.
Pero en este universo surgido de la nada y destinado a la nada los significados son forzosamente precarios. Y como la precariedad y la fragilidad generan un sentimiento difícil e incómodo de sobrellevar, provocador de ansiedad, tenemos la tendencia a intentar transformar estas emociones, buscando alguna alternativa apaciguadora. Una forma eficaz de gestionar la fragilidad y el temor existencial, practicada desde los albores del proceso de humanización, es la interiorización de creencias. En general fantasiosas, meras invenciones irracionales, pero que a pesar de ello (o precisamente por ello), a menudo tienen la virtud de aliviarnos.
La religión laica, si aceptamos llamarla así, de los derechos humanos es el resultado de un proceso de este tipo. El resultado en concreto de la siguiente creencia: la dignidad inherente a todo ser humano por el mero hecho de existir. Una invención humana como otra cualquiera, por mucho que se quiera sacralizar. Pero con algunas particularidades: no se asume como el resultado de ningún designio divino, sino del consenso humano, del acuerdo, del pacto, entre los sujetos afectados, nosotros, la humanidad. Este acuerdo, este convencimiento, convertido en creencia (la creencia como mínimo en que es una invención inteligente), es el germen fundacional de esta nueva religión que llamamos derechos humanos, y que hasta el momento ha demostrado dar mejores resultados que las creencias ensayadas anteriormente, todas igualmente inventadas, pero algunas sin duda mejores, más útiles, para organizar la convivencia humana.
En el caso de los derechos humanos, caracterizada también por toda la fragilidad primigenia y los peligros inherentes a todas las religiones consolidadas o en proceso de consolidación: tendencia a la jerarquía, sumisión de los miembros pasivos, falta de dinamismo conceptual, ritualización... Son aspectos que no hay que olvidar, para que estos peligros no se materialicen y entonces acaben hipotecando el gran potencial que encierra esta moderna creencia, esta invención que los seres humanos nos hemos regalado.
12 diciembre 2008
Derecho a un salario digno
Mientras los políticos se asignen sueldos equivalentes al resultado de multiplicar unas cuantas veces el salario mínimo que ellos mismos aprueban para el conjunto de la población trabajadora, será difícil ver la luz al final del túnel de la conflictividad y el desacuerdo laboral y social.
Una cosa es que se puedan poner objeciones a un sistema rígidamente igualitario, en cuanto a los sueldos se refiere, ya que la experiencia demuestra que estos experimentos son poco viables. Pero de ahí a que quienes manejan la cosa pública tengan la osadía de regular salarios mínimos habiendo regulado antes sus salarios máximos (y sus correspondientes pensiones), hay un ancho trecho, un abismo que sólo se puede salvar con un elevado grado de insensibilidad y desfachatez. Y además no de forma impune: lo que se siembra medra y, por lo tanto, el ejemplo voraz de los dirigentes alienta un modelo social igualmente voraz.
La hipocresía con la que se defiende este modelo basado en desmesuradas diferencias salariales, argumentando que los salarios de los gestores y dirigentes en realidad son moderados o ajustados, en atención a su gran responsabilidad y presunta eficacia (es importante recalcar lo de presunta, a la vista de los desaciertos, cuando no autenticas tropelías y abusos de poder, que en ocasiones protagonizan), no consigue ocultar la falta de empatía y el exceso de interés personal de sus defensores, que naturalmente son aquellos que están en la posición privilegiada de beneficiarse de estas grandes asimetrías salariales.
Cuanto antes se decidan los distintos líderes sociales a incorporar a sus agendas el ejercicio de esta nueva docencia, antes se atenuará esta general obsesión social por la escalada retributiva. O quizás no... pero entonces al menos no se podrá argumentar que ha sido promovida por las personas encargadas de la gestión pública. Como mínimo, serán inocentes de este modelo social insolidario y egoísta, en el que prima el interés personal por escalar socialmente y el olvido de aquellos que viven condenados a un estado crónico de precariedad. Dos aspectos o actitudes que son de mal armonizar con lo que nos propone el primer artículo de la Declaración Universal: que todos los seres humanos nos tratemos fraternalmente.
Una cosa es que se puedan poner objeciones a un sistema rígidamente igualitario, en cuanto a los sueldos se refiere, ya que la experiencia demuestra que estos experimentos son poco viables. Pero de ahí a que quienes manejan la cosa pública tengan la osadía de regular salarios mínimos habiendo regulado antes sus salarios máximos (y sus correspondientes pensiones), hay un ancho trecho, un abismo que sólo se puede salvar con un elevado grado de insensibilidad y desfachatez. Y además no de forma impune: lo que se siembra medra y, por lo tanto, el ejemplo voraz de los dirigentes alienta un modelo social igualmente voraz.
La hipocresía con la que se defiende este modelo basado en desmesuradas diferencias salariales, argumentando que los salarios de los gestores y dirigentes en realidad son moderados o ajustados, en atención a su gran responsabilidad y presunta eficacia (es importante recalcar lo de presunta, a la vista de los desaciertos, cuando no autenticas tropelías y abusos de poder, que en ocasiones protagonizan), no consigue ocultar la falta de empatía y el exceso de interés personal de sus defensores, que naturalmente son aquellos que están en la posición privilegiada de beneficiarse de estas grandes asimetrías salariales.
Cuanto antes se decidan los distintos líderes sociales a incorporar a sus agendas el ejercicio de esta nueva docencia, antes se atenuará esta general obsesión social por la escalada retributiva. O quizás no... pero entonces al menos no se podrá argumentar que ha sido promovida por las personas encargadas de la gestión pública. Como mínimo, serán inocentes de este modelo social insolidario y egoísta, en el que prima el interés personal por escalar socialmente y el olvido de aquellos que viven condenados a un estado crónico de precariedad. Dos aspectos o actitudes que son de mal armonizar con lo que nos propone el primer artículo de la Declaración Universal: que todos los seres humanos nos tratemos fraternalmente.
04 diciembre 2008
Derecho a la propiedad - 4 (OMG)
Durante milenios, generaciones y generaciones de agricultores y ganaderos han ido seleccionando y mejorando las semillas y los animales reproductores, con la finalidad de conseguir un mayor rendimiento en las cosechas, una mayor productividad de sus rebaños. De estos esfuerzos, se ha beneficiado toda la humanidad: los resultados de sus mejoras se han ido difundiendo sin límites.
Muy recientemente, a las técnicas clásicas de selección de las hibridaciones espontaneas o provocadas se ha añadido la manipulación genética. Sus defensores, és decir, las empresas comerciales que controlan esta nueva tecnología, no han cejado hasta que han conseguido que las leyes respalden sus intereses.
Las semillas y los animales mejorados genéticamente ya no son de libre distribución y reproducción, como lo habían sido todas las semillas y animales a lo largo de toda la historia. Hasta el punto que se puede penalizar a quienes los utilicen sin abonar las tasas correspondientes que las nuevas legislaciones autorizan a cobrar a los propietarios de las patentes.
De la misma forma que los ejércitos victoriosos ampliaban su derecho a la propiedad usurpando las propiedades de los pueblos vencidos, en la actualidad los ejércitos de las multinacionales agroalimentarias, protegidos legalmente por los organismos internacionales y algunas legislaciones nacionales, van ampliando sus territorios, a costa de ir recortando la autonomía de los campesinos. Con un claro objetivo: conseguir el mayor porcentaje del comercio agroalimentario, y aspirando secretamente a alcanzar el monopolio. No es imposible: sólo depende de la legislación que se vaya creando. O de la que se vaya revocando; por ejemplo, si lo que se quiere es revertir esta peligrosa tendencia que recientemente se ha iniciado.
Una legislación no se justifica por el mero hecho de haber sido aprobada y estar operativa. Ha de ser también éticamente justificable (por ejemplo, que cumpla los imperativos categóricos formulados por Kant), ya que en caso contrario no tiene sentido su vigencia y ha de ser modificada, derogada o sustituida. El caso de la pantentabilidad de los organismos vivos en general, y en concreto los modificados genéticamente, no parece que sea ninguna opción que beneficie al conjunto de la humanidad, al contrario de los esfuerzos acumulados durante milenios por campesinos y ganaderos anónimos, mejorando sus vidas y al mismo tiempo acumulando unos recursos de los que ahora todos nos beneficiamos.
Muy recientemente, a las técnicas clásicas de selección de las hibridaciones espontaneas o provocadas se ha añadido la manipulación genética. Sus defensores, és decir, las empresas comerciales que controlan esta nueva tecnología, no han cejado hasta que han conseguido que las leyes respalden sus intereses.
Las semillas y los animales mejorados genéticamente ya no son de libre distribución y reproducción, como lo habían sido todas las semillas y animales a lo largo de toda la historia. Hasta el punto que se puede penalizar a quienes los utilicen sin abonar las tasas correspondientes que las nuevas legislaciones autorizan a cobrar a los propietarios de las patentes.
De la misma forma que los ejércitos victoriosos ampliaban su derecho a la propiedad usurpando las propiedades de los pueblos vencidos, en la actualidad los ejércitos de las multinacionales agroalimentarias, protegidos legalmente por los organismos internacionales y algunas legislaciones nacionales, van ampliando sus territorios, a costa de ir recortando la autonomía de los campesinos. Con un claro objetivo: conseguir el mayor porcentaje del comercio agroalimentario, y aspirando secretamente a alcanzar el monopolio. No es imposible: sólo depende de la legislación que se vaya creando. O de la que se vaya revocando; por ejemplo, si lo que se quiere es revertir esta peligrosa tendencia que recientemente se ha iniciado.
Una legislación no se justifica por el mero hecho de haber sido aprobada y estar operativa. Ha de ser también éticamente justificable (por ejemplo, que cumpla los imperativos categóricos formulados por Kant), ya que en caso contrario no tiene sentido su vigencia y ha de ser modificada, derogada o sustituida. El caso de la pantentabilidad de los organismos vivos en general, y en concreto los modificados genéticamente, no parece que sea ninguna opción que beneficie al conjunto de la humanidad, al contrario de los esfuerzos acumulados durante milenios por campesinos y ganaderos anónimos, mejorando sus vidas y al mismo tiempo acumulando unos recursos de los que ahora todos nos beneficiamos.
Derecho a la propiedad - 3
El derecho a la propiedad es un derecho "fronterizo": nuestro derecho a la propiedad está condicionado, limitado, por el derecho a la propiedad de nuestros semejantes. Es una situación que tiene tendencia a generar discrepancias y problemas, como en las películas del Oeste: en las fronteras siempre se producen conflictos, en la medida que el ser humano tiene una propensión expansionista que le hace proclive a pisotear los intereses ajenos.
Por ello, como todos los otros derechos, el derecho a la propiedad se regula, con la finalidad de facilitar la convivencia. Algo que, como es natural, implica establecer unos límites, lo que se puede hacer de formas distintas: consensuándolos, acordándolos por mayorías más o menos cualificadas, o imponiéndolos por la fuerza. Las tres alternativas pueden ser legales, en la medida que la legalidad, las leyes, como los mismos derechos, son invenciones humanas. Pero sin duda son legalidades representativas de sociedades muy distintas: de una sociedad dialogante i empática a ultranza, de una sociedad con distintos grados de democracia o de una sociedad autoritaria y dictatorial.
El derecho a la propiedad es un derecho "elástico": al igual que las fronteras de los países, los límites de la propiedad no son absolutos, son circunstanciales, móviles, incluso arbitrarios. De la misma forma que una guerra puede modificar una frontera, también se pueden modificar por la fuerza las fronteras del derecho a la propiedad, imponiendo nuevos límites (acortándolos para unos y ensanchándolos para otros).
En las democracias griegas el derecho a la propiedad de los hombres libres incluía el derecho a tener esclavos, sobre los que se tenían todos los derechos, incluso el de la vida, a la vez que a ellos no se les reconocía ninguno. Algo que, por otro lado, era habitual en todas las culturas de la antigüedad, el único rasgo diferencial era que en aquel caso se daba en una sociedad parcialmente democrática. A su vez, las mujeres y los niños no estaban en una posición mucho mejor que los esclavos, tal como nos recuerda la figura del pater familias romano, una figura que, también en este caso, tenía como único rasgo diferencial que sus potestades estaban recogidas en la minuciosa legislación romana: al margen de este detalle, el poder absoluto del hombre sobre las mujeres y los niños era lo habitual en aquellas culturas.
Los ejemplos pueden ser muchos. A menudo con un agravante: muchas de estas situaciones, más o menos patentes o camufladas, perviven en la actualidad: siguen existiendo formas de esclavitud (el más grave atentado al derecho a la propiedad, la negación de poseerse a si mismo), el dominio de los hombres sobre las mujeres sigue siendo una pesada losa de la que en mayor o menor medida no se libra ninguna sociedad...
O por poner otro ejemplo. En la antigüedad los ejércitos invadían territorios ajenos y se los apropiaban, incluidos todos sus bienes y personas, amparándose en el derecho de conquista. Algo que no ha pasado definitivamente a la historia, en la medida que se siguen produciendo vergonzosas guerras expansionistas, con las consiguientes usurpaciones de propiedades ajenas: territorios, recursos naturales...
El derecho a la propiedad a menudo ve como sus límites se siguen desplazando en función de los intereses de aquellos que precisamente están en la situación de poderlos hacer valer ejerciendo su influencia. De aquellos que tiene la sartén del poder por el mago, con la que, cuando no les sirven los argumentos, amenazan y sacuden sin contemplaciones a aquellos a los que quieren recortar y usurpar sus legítimos derechos. Y decimos legítimos (teniendo en cuenta que antes hemos afirmado que los derechos son invenciones humanas, y por lo tanto hasta cierto punto arbitrarias), en la medida que son derechos mucho más básicos, en ocasiones imprescindibles para garantizar la propia supervivencia, mientras que los derechos esgrimidos por los poderosos suelen tener como único objetivo defender sus privilegios, sus intereses políticos o comerciales, su influencia, sus beneficios, sus ganancias. Realimentando, aumentando y perpetuando así de forma constante el dominio de los fuertes sobre los débiles. Algo apuesto a lo que proclama el primer artículo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos cuando afirma que "todos nacemos libres e iguales en dignidad y derechos", o cuando, en los distintos derechos de contenido económico y social proclama el derecho a una vida digna: a la alimentación, a la sanidad, a la educación, a la vivienda... A todos aquellos derechos que es imposible satisfacer sin los correspondientes recursos materiales.
Por ello, como todos los otros derechos, el derecho a la propiedad se regula, con la finalidad de facilitar la convivencia. Algo que, como es natural, implica establecer unos límites, lo que se puede hacer de formas distintas: consensuándolos, acordándolos por mayorías más o menos cualificadas, o imponiéndolos por la fuerza. Las tres alternativas pueden ser legales, en la medida que la legalidad, las leyes, como los mismos derechos, son invenciones humanas. Pero sin duda son legalidades representativas de sociedades muy distintas: de una sociedad dialogante i empática a ultranza, de una sociedad con distintos grados de democracia o de una sociedad autoritaria y dictatorial.
El derecho a la propiedad es un derecho "elástico": al igual que las fronteras de los países, los límites de la propiedad no son absolutos, son circunstanciales, móviles, incluso arbitrarios. De la misma forma que una guerra puede modificar una frontera, también se pueden modificar por la fuerza las fronteras del derecho a la propiedad, imponiendo nuevos límites (acortándolos para unos y ensanchándolos para otros).
En las democracias griegas el derecho a la propiedad de los hombres libres incluía el derecho a tener esclavos, sobre los que se tenían todos los derechos, incluso el de la vida, a la vez que a ellos no se les reconocía ninguno. Algo que, por otro lado, era habitual en todas las culturas de la antigüedad, el único rasgo diferencial era que en aquel caso se daba en una sociedad parcialmente democrática. A su vez, las mujeres y los niños no estaban en una posición mucho mejor que los esclavos, tal como nos recuerda la figura del pater familias romano, una figura que, también en este caso, tenía como único rasgo diferencial que sus potestades estaban recogidas en la minuciosa legislación romana: al margen de este detalle, el poder absoluto del hombre sobre las mujeres y los niños era lo habitual en aquellas culturas.
Los ejemplos pueden ser muchos. A menudo con un agravante: muchas de estas situaciones, más o menos patentes o camufladas, perviven en la actualidad: siguen existiendo formas de esclavitud (el más grave atentado al derecho a la propiedad, la negación de poseerse a si mismo), el dominio de los hombres sobre las mujeres sigue siendo una pesada losa de la que en mayor o menor medida no se libra ninguna sociedad...
O por poner otro ejemplo. En la antigüedad los ejércitos invadían territorios ajenos y se los apropiaban, incluidos todos sus bienes y personas, amparándose en el derecho de conquista. Algo que no ha pasado definitivamente a la historia, en la medida que se siguen produciendo vergonzosas guerras expansionistas, con las consiguientes usurpaciones de propiedades ajenas: territorios, recursos naturales...
El derecho a la propiedad a menudo ve como sus límites se siguen desplazando en función de los intereses de aquellos que precisamente están en la situación de poderlos hacer valer ejerciendo su influencia. De aquellos que tiene la sartén del poder por el mago, con la que, cuando no les sirven los argumentos, amenazan y sacuden sin contemplaciones a aquellos a los que quieren recortar y usurpar sus legítimos derechos. Y decimos legítimos (teniendo en cuenta que antes hemos afirmado que los derechos son invenciones humanas, y por lo tanto hasta cierto punto arbitrarias), en la medida que son derechos mucho más básicos, en ocasiones imprescindibles para garantizar la propia supervivencia, mientras que los derechos esgrimidos por los poderosos suelen tener como único objetivo defender sus privilegios, sus intereses políticos o comerciales, su influencia, sus beneficios, sus ganancias. Realimentando, aumentando y perpetuando así de forma constante el dominio de los fuertes sobre los débiles. Algo apuesto a lo que proclama el primer artículo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos cuando afirma que "todos nacemos libres e iguales en dignidad y derechos", o cuando, en los distintos derechos de contenido económico y social proclama el derecho a una vida digna: a la alimentación, a la sanidad, a la educación, a la vivienda... A todos aquellos derechos que es imposible satisfacer sin los correspondientes recursos materiales.
07 noviembre 2008
Derecho a la propiedad - 2
En la Declaración Universal se incluyen derechos que, a pesar de estar redactados de forma muy breve, no dejan lugar a dudas sobre su naturaleza y alcance. Por ejemplo, el derecho a no ser torturado.
Otros derechos, en cambio, de forma especial los de carácter socioeconómico, son más difusos. Como el derecho a la propiedad: "1. Toda persona tiene derecho a la propiedad, individual y colectivamente. 2. Nadie será privado arbitrariamente de su propiedad" (Artículo 17 de la Declaración Universal).
Sobre este derecho, no es ocioso preguntarse cuál es su verdadero alcance, qué es exactamente lo que otorga o lo qué limita. Y la respuesta es que, en realidad, del redactado del artículo no se deduce nada en concreto. El texto es algo así como una frase bonita y bienintencionada, pero nada más. La realidad es que este derecho sólo adquiere consistencia cuando, además de reconocerse retóricamente, se despliega de forma detallada en las constituciones de los distintos países y en las leyes y decretos correspondientes, regulando su aplicación, definiendo su alcance y sus límites.
Del derecho a la propiedad hay que resaltar dos aspectos, el de los mínimos y el de los límites. Sin ellos, sin normas que garanticen por ejemplo el derecho a la más elemental propiedad (empezando por la de uno mismo, para garantizar la imposibilidad de ser esclavizado), así como los límites relativos a la acumulación de bienes por parte de algunas corporaciones o personas (para evitar que su exceso de poder o influencia pongan en peligro la posibilidad de que otras personas puedan obtener los mínimos recursos materiales para garantizarse una vida digna), la proclamación del derecho a la propiedad seria pura retórica. O lo que es todavía peor, una coartada para que los más poderosos y faltos de escrúpulos acumulen impunemente recursos que deberían destinarse a los sectores más necesitados de la sociedad. Algo que desgraciadamente ocurre, y que es una muestra más de la gran distancia que hay entre lo que son voluntariosas declaraciones de intenciones y la realidad en la que vivimos.
Otros derechos, en cambio, de forma especial los de carácter socioeconómico, son más difusos. Como el derecho a la propiedad: "1. Toda persona tiene derecho a la propiedad, individual y colectivamente. 2. Nadie será privado arbitrariamente de su propiedad" (Artículo 17 de la Declaración Universal).
Sobre este derecho, no es ocioso preguntarse cuál es su verdadero alcance, qué es exactamente lo que otorga o lo qué limita. Y la respuesta es que, en realidad, del redactado del artículo no se deduce nada en concreto. El texto es algo así como una frase bonita y bienintencionada, pero nada más. La realidad es que este derecho sólo adquiere consistencia cuando, además de reconocerse retóricamente, se despliega de forma detallada en las constituciones de los distintos países y en las leyes y decretos correspondientes, regulando su aplicación, definiendo su alcance y sus límites.
Del derecho a la propiedad hay que resaltar dos aspectos, el de los mínimos y el de los límites. Sin ellos, sin normas que garanticen por ejemplo el derecho a la más elemental propiedad (empezando por la de uno mismo, para garantizar la imposibilidad de ser esclavizado), así como los límites relativos a la acumulación de bienes por parte de algunas corporaciones o personas (para evitar que su exceso de poder o influencia pongan en peligro la posibilidad de que otras personas puedan obtener los mínimos recursos materiales para garantizarse una vida digna), la proclamación del derecho a la propiedad seria pura retórica. O lo que es todavía peor, una coartada para que los más poderosos y faltos de escrúpulos acumulen impunemente recursos que deberían destinarse a los sectores más necesitados de la sociedad. Algo que desgraciadamente ocurre, y que es una muestra más de la gran distancia que hay entre lo que son voluntariosas declaraciones de intenciones y la realidad en la que vivimos.
04 noviembre 2008
Derecho a la propiedad
El derecho a la propiedad es quizás el derecho de la Declaración Universal más susceptible de ser interpretado de formas distintas, incluso opuestas. De hecho, ya fue compleja su introducción en el texto finalmente aprobado: su redactado es el resultado de largas discusiones, en las que se enfrentaban los representantes de los países socialistas y los representantes de los países capitalistas, defensores respectivamente del derecho a la propiedad colectiva e individual.
Todavía podía haber sido más complejo el debate. Si en algo coincidían los bloques socialista y capitalista era en el rechazo de las teorías anarquistas. El anarquismo había sido combatido por ambos, y no sólo dialécticamente, también policialmente y militarmente. Había sido perseguido y exterminado en todos los países en los que había conseguido alguna implantación. Por ello, y en la medida que los miembros de la comisión encargada de redactar la Declaración Universal actuaban como representantes de sus respectivas naciones, el anarquismo no tuvo ni voz ni voto durante la elaboración del texto.
Es difícil imaginar lo que hubiera ocurrido si esta voz hubiera estado presente. Si este derecho se habría incluido, y con qué redactado. Además, puestos a imaginar y divagar, es también difícil saber lo que podría haber ocurrido si, al redactarse el documento, ya se hubiera producido la desintegración de la URSS y la desaparición de los regímenes comunistas. O desde el extremo opuesto, lo que habría pasado si los regímenes comunistas entonces hubieran tenido todavía una mayor implantación e influencia, en detrimento de los países capitalistas.
Es oportuno hacer este tipo de reflexiones, para recordar que todo el texto de la Declaración Universal es fruto de unas circunstancias y un momento histórico determinado, y que en consecuencia, en otro momento histórico, en un contexto y con unas circunstancias distintas, su redactado podría ser eventualmente alterado. Quizás, en algún aspecto, de forma que ahora ni tan siquiera podemos imaginar.
Todavía podía haber sido más complejo el debate. Si en algo coincidían los bloques socialista y capitalista era en el rechazo de las teorías anarquistas. El anarquismo había sido combatido por ambos, y no sólo dialécticamente, también policialmente y militarmente. Había sido perseguido y exterminado en todos los países en los que había conseguido alguna implantación. Por ello, y en la medida que los miembros de la comisión encargada de redactar la Declaración Universal actuaban como representantes de sus respectivas naciones, el anarquismo no tuvo ni voz ni voto durante la elaboración del texto.
Es difícil imaginar lo que hubiera ocurrido si esta voz hubiera estado presente. Si este derecho se habría incluido, y con qué redactado. Además, puestos a imaginar y divagar, es también difícil saber lo que podría haber ocurrido si, al redactarse el documento, ya se hubiera producido la desintegración de la URSS y la desaparición de los regímenes comunistas. O desde el extremo opuesto, lo que habría pasado si los regímenes comunistas entonces hubieran tenido todavía una mayor implantación e influencia, en detrimento de los países capitalistas.
Es oportuno hacer este tipo de reflexiones, para recordar que todo el texto de la Declaración Universal es fruto de unas circunstancias y un momento histórico determinado, y que en consecuencia, en otro momento histórico, en un contexto y con unas circunstancias distintas, su redactado podría ser eventualmente alterado. Quizás, en algún aspecto, de forma que ahora ni tan siquiera podemos imaginar.
03 noviembre 2008
Derecho al trabajo
Desde que, en algún lugar de África, hace unos dos millones de años, a partir de algunos primates el azar evolutivo diera lugar a los primeros homínidos, su evolución posterior ha ido siempre acompañada de migraciones, a la búsqueda de territorios en los que las posibilidades de supervivencia fueran más favorables. En la actualidad, de todas las especies de homínidos sólo quedamos nosotros, extendidos por toda la tierra, pero al mismo tiempo protagonistas todavía de grandes migraciones. Nos movemos por el mismo motivo que nuestros ancestros: millares de personas abandonan sus lugares de residencia con el objetivo de conseguir una vida menos difícil en otros territorios. La versión moderna, en el mundo globalizado actual, es el flujo de personas desde los países llamados subdesarrollados o con menos oportunidades laborales hacia los países prósperos (las migraciones vacacionales son otra historia, de la que también se podría hablar mucho, pero ahora no es el momento).
En el caso de las mujeres migrantes, muchas tienen como única alternativa en los países de destino trabajar en el cuidado de personas mayores. Dejan a sus familias en sus países de origen, padres, abuelos, hijos, para ir a cuidar los padres, abuelos o hijos de las familias que las contratan. La necesidad las obliga a esta vida dura, alejada de los suyos, en soledad, muy a menudo haciendo horarios interminables, las 24 horas del día los siete días de la semana.
Unos trabajos que las personas que las emplean no estarían dispuestas a aceptar, ni por el tipo de trabajo, ni por la dedicación exhaustiva, ni por las bajas retribuciones. A pesar de ello, quienes se benefician de los servicios de estas mujeres suelen encontrar distintas justificaciones para esta relación laboral peculiar. Argumentan que es el resultado de las leyes del mercado, que con este dinero contribuyen a aliviar de forma significativa la precariedad de las familias de estas mujeres en sus países de origen, que al fin y al cabo las teóricas 24 horas de trabajo no son tantas, ya que están mucho tiempo desocupadas, que además tienen la vida resuelta, en la medida que no han de pagar ni vivienda ni alimentación, etc.
Seguramente, a corto plazo no es fácil encontrar una alternativa a estas migraciones forzadas por motivos económicos. Pero lo que no debería ser tan difícil de imaginar, y de llevar a la práctica, sería que, mientras se mantengan estas circunstancias, las relaciones entre las personas contratantes y las contratadas fueran más justas. No sólo en las apariencias, en el trato diario, sino también y sobre todo, en cuanto a las condiciones laborales, los horarios y las retribuciones.
En el caso de las mujeres migrantes, muchas tienen como única alternativa en los países de destino trabajar en el cuidado de personas mayores. Dejan a sus familias en sus países de origen, padres, abuelos, hijos, para ir a cuidar los padres, abuelos o hijos de las familias que las contratan. La necesidad las obliga a esta vida dura, alejada de los suyos, en soledad, muy a menudo haciendo horarios interminables, las 24 horas del día los siete días de la semana.
Unos trabajos que las personas que las emplean no estarían dispuestas a aceptar, ni por el tipo de trabajo, ni por la dedicación exhaustiva, ni por las bajas retribuciones. A pesar de ello, quienes se benefician de los servicios de estas mujeres suelen encontrar distintas justificaciones para esta relación laboral peculiar. Argumentan que es el resultado de las leyes del mercado, que con este dinero contribuyen a aliviar de forma significativa la precariedad de las familias de estas mujeres en sus países de origen, que al fin y al cabo las teóricas 24 horas de trabajo no son tantas, ya que están mucho tiempo desocupadas, que además tienen la vida resuelta, en la medida que no han de pagar ni vivienda ni alimentación, etc.
Seguramente, a corto plazo no es fácil encontrar una alternativa a estas migraciones forzadas por motivos económicos. Pero lo que no debería ser tan difícil de imaginar, y de llevar a la práctica, sería que, mientras se mantengan estas circunstancias, las relaciones entre las personas contratantes y las contratadas fueran más justas. No sólo en las apariencias, en el trato diario, sino también y sobre todo, en cuanto a las condiciones laborales, los horarios y las retribuciones.
13 octubre 2008
De la magia a la razón
Ante un hecho al que no se le encuentra explicación caben dos alternativas: reconocer la propia ignorancia o inventar una explicación (sin fundamento alguno, pero no obstante capaz de sosegarnos).
La evolución de la humanidad en gran medida es la evolución desde las explicaciones inventadas a las explicaciones razonadas, acompañada del aprendizaje de una forma de vivir capaz de asumir las limitaciones de los conocimientos alcanzados: se acepta que existe lo desconocido, lo ignorado. Y esto se asume como algo inevitable (mientras no se consiga hallarle una explicación racional), abandonando la tentación de inventar explicaciones tranquilizadoras.
La humanidad ha seguido estos caminos a lo largo de su evolución. También, dentro de su escala, los distintos colectivos. Y cada una de las personas, a lo largo de su breve existencia: desde el mundo mágico e irracional de la infancia al mundo necesitado de certezas demostrables de la edad adulta. Un mundo, el del adulto, en el que no obstante siempre persisten zonas de nieblas y de explicaciones fantasiosas: la magia y la irracionalidad nunca desaparecen del todo, y en algunas ocasiones casi ni menguan (las religiones, incluidas las laicas, son una buena muestra de ello, además de las devociones a los equipos deportivos locales, las múltiples supersticiones de todo tipo, etc.).
Al intentar consensuar los valores que se pretende que sirvan de marco para regular las relaciones entre las personas en una sociedad determinada, hay que tener en cuenta la influencia que ejercen cada una de estas dos tendencias, la razón y la fe (la reflexión y la magia). Y si, en las sociedades modernas se ha llegado a la conclusión de que las normas resultantes han de basarse en la razón (a diferencia de las sociedades teocráticas, ancladas en la fe), entonces, en momentos de tensión entre fe y razón, hay que defender a ultranza la preeminencia de la segunda. Porque, a pesar de los errores que en su nombre se puedan cometer, al subordinarse a la reflexión y a la demostración, estos errores siempre serán menores, y con más posibilidades de ser corregidos, que los derivados de sistemas irracionales de creencias.
La razón, con rigor y paciencia, conduce a la demostración, tiende a la confluencia, favorece el consenso. La fe, en la medida que es diversa y al mismo tiempo no es universal, sólo puede conducir a la confluencia y al consenso, en el mejor de los casos, por casualidad.
Una clara demostración de lo dicho es el proceso de redacción y aprobación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Su gran artífice fue la razón, y uno de los mayores obstáculos que hubo que sortear fueron las distintas creencias implicadas, tanto las de carácter religioso como las laicas.
La evolución de la humanidad en gran medida es la evolución desde las explicaciones inventadas a las explicaciones razonadas, acompañada del aprendizaje de una forma de vivir capaz de asumir las limitaciones de los conocimientos alcanzados: se acepta que existe lo desconocido, lo ignorado. Y esto se asume como algo inevitable (mientras no se consiga hallarle una explicación racional), abandonando la tentación de inventar explicaciones tranquilizadoras.
La humanidad ha seguido estos caminos a lo largo de su evolución. También, dentro de su escala, los distintos colectivos. Y cada una de las personas, a lo largo de su breve existencia: desde el mundo mágico e irracional de la infancia al mundo necesitado de certezas demostrables de la edad adulta. Un mundo, el del adulto, en el que no obstante siempre persisten zonas de nieblas y de explicaciones fantasiosas: la magia y la irracionalidad nunca desaparecen del todo, y en algunas ocasiones casi ni menguan (las religiones, incluidas las laicas, son una buena muestra de ello, además de las devociones a los equipos deportivos locales, las múltiples supersticiones de todo tipo, etc.).
Al intentar consensuar los valores que se pretende que sirvan de marco para regular las relaciones entre las personas en una sociedad determinada, hay que tener en cuenta la influencia que ejercen cada una de estas dos tendencias, la razón y la fe (la reflexión y la magia). Y si, en las sociedades modernas se ha llegado a la conclusión de que las normas resultantes han de basarse en la razón (a diferencia de las sociedades teocráticas, ancladas en la fe), entonces, en momentos de tensión entre fe y razón, hay que defender a ultranza la preeminencia de la segunda. Porque, a pesar de los errores que en su nombre se puedan cometer, al subordinarse a la reflexión y a la demostración, estos errores siempre serán menores, y con más posibilidades de ser corregidos, que los derivados de sistemas irracionales de creencias.
La razón, con rigor y paciencia, conduce a la demostración, tiende a la confluencia, favorece el consenso. La fe, en la medida que es diversa y al mismo tiempo no es universal, sólo puede conducir a la confluencia y al consenso, en el mejor de los casos, por casualidad.
Una clara demostración de lo dicho es el proceso de redacción y aprobación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Su gran artífice fue la razón, y uno de los mayores obstáculos que hubo que sortear fueron las distintas creencias implicadas, tanto las de carácter religioso como las laicas.
09 octubre 2008
Finitud y derechos
Todo es efímero. Incluso la misma Tierra desaparecerá, de la misma forma que también desaparecerá el Sol, como todas las estrellas. Mucho antes, habrán desaparecido todos los animales y los vegetales de la Tierra. Y muchísimo antes, "dentro de un instante" teniendo en cuenta la vida de las galaxias, desaparecerán los seres humanos. Somos una azarosa e inestable amalgama de protones y neutrones, nuestra vida es extremadamente breve, somos insignificantes. ¿Por qué preocuparnos, entonces, por cosas como los derechos humanos?
Todo es efímero. Todo está condenado a desaparecer rápidamente. Cuando todo finalice, ¿qué importancia puede tener que la humanidad haya sufrido o gozado? ¿Que importancia tendrá lo que hayamos hecho nosotros? Nuestras decisiones son irrelevantes, dentro de la historia de dimensiones infinitas del universo. No obstante, durante este pequeño chispazo que es la vida de una persona, podemos huir del dolor, nos podemos procurar a nosotros mismos algunos placeres y gratificaciones: así, mientras existamos, al menos nos habremos dado algún gusto. Pero, ¿qué relación tiene esto con los derechos humanos, en el fondo tan irrelevantes como nosotros mismos?
Todo es efímero. Pero durante este pequeño instante que vivimos podemos ser los protagonistas de algunos milagros cotidianos: sentir empatía, celebrar la presencia ajena, gozar de su compañía y compartir el anhelo de una comunidad solidaria y pacífica. Sabiendo que es caduco, pero disfrutando mientras de estos prodigios. Con este proyecto, los derechos humanos son una buena ocurrencia, una herramienta útil.
Al elaborar un proyecto de vida, se puede optar por cualquiera de las tres opciones anteriores, basándose tanto en razones como en emociones. Y en todos los casos se puede justificar la opción escogida de forma coherente. Para ello, sólo hace falta fijar previamente los puntos de referencia que en cada caso adoptamos: de la misma forma que hemos emergido de la nada (o de esta gran explosión que dicen que inició el Universo), también han emergido de la nada las escalas de valores que los seres humanos hemos inventado.
Así que, quizás, cuando se opta por la tercera vía, con humildad se ha de asumir al mismo tiempo que, a pesar de las razones y las emociones que se puedan esgrimir, en última instancia la decisión se basa en un "porque sí".
Se basa en una decisión arbitraria: en un momento dado de la evolución aprendimos a soñar, y luego, gracias a esta capacidad adquirida, hemos podido soñar un mundo sin crueldad, sin opresión, sin odio... un mundo con ternura, fraternidad, bondad, alegría. Soñando este sueño nos hemos convertido en unos funambulistas, suspendidos de un precario equilibrio, poético y maravilloso, resultante de haber soñado un mundo mejor.
Todo es efímero. Todo está condenado a desaparecer rápidamente. Cuando todo finalice, ¿qué importancia puede tener que la humanidad haya sufrido o gozado? ¿Que importancia tendrá lo que hayamos hecho nosotros? Nuestras decisiones son irrelevantes, dentro de la historia de dimensiones infinitas del universo. No obstante, durante este pequeño chispazo que es la vida de una persona, podemos huir del dolor, nos podemos procurar a nosotros mismos algunos placeres y gratificaciones: así, mientras existamos, al menos nos habremos dado algún gusto. Pero, ¿qué relación tiene esto con los derechos humanos, en el fondo tan irrelevantes como nosotros mismos?
Todo es efímero. Pero durante este pequeño instante que vivimos podemos ser los protagonistas de algunos milagros cotidianos: sentir empatía, celebrar la presencia ajena, gozar de su compañía y compartir el anhelo de una comunidad solidaria y pacífica. Sabiendo que es caduco, pero disfrutando mientras de estos prodigios. Con este proyecto, los derechos humanos son una buena ocurrencia, una herramienta útil.
Al elaborar un proyecto de vida, se puede optar por cualquiera de las tres opciones anteriores, basándose tanto en razones como en emociones. Y en todos los casos se puede justificar la opción escogida de forma coherente. Para ello, sólo hace falta fijar previamente los puntos de referencia que en cada caso adoptamos: de la misma forma que hemos emergido de la nada (o de esta gran explosión que dicen que inició el Universo), también han emergido de la nada las escalas de valores que los seres humanos hemos inventado.
Así que, quizás, cuando se opta por la tercera vía, con humildad se ha de asumir al mismo tiempo que, a pesar de las razones y las emociones que se puedan esgrimir, en última instancia la decisión se basa en un "porque sí".
Se basa en una decisión arbitraria: en un momento dado de la evolución aprendimos a soñar, y luego, gracias a esta capacidad adquirida, hemos podido soñar un mundo sin crueldad, sin opresión, sin odio... un mundo con ternura, fraternidad, bondad, alegría. Soñando este sueño nos hemos convertido en unos funambulistas, suspendidos de un precario equilibrio, poético y maravilloso, resultante de haber soñado un mundo mejor.
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