07 abril 2010

Consumismo y solidaridad

Adela es una mujer solidaria, sensible, comprometida con los suyos y con distintas causas sociales. Clara es su hija adolescente: ha crecido tanto bajo la influencia de Adela como de la sociedad que la rodea, hedonista, consumista, individualista.

Adela suele llevar con discreción las iniciativas sociales en las que se implica, tanto si se trata de dedicarles su tiempo como si son contribuciones de tipo económico. Sobre todo de las segundas no se atreve a hablar con Clara, ya que alguna vez que había mencionado el tema había notado que Clara no lo asimilaba nada bien. Clara, a pesar de tener todas las necesidades cubiertas, como tantas otras jóvenes de su generación y de su entorno parece que no está nunca satisfecha, arrastra una insatisfacción profunda que pretende ahogar con una actitud consumista. Un consumismo compulsivo que requiere dinero. Un dinero que a ella le parece que su madre tiene la obligación de facilitarle.

Adela también tiene sus inseguridades. En ocasiones tiene remordimientos, piensa que si ella hubiera sido capaz de transmitir una mayor seguridad a su hija ahora seguramente no sería tan vulnerable, sería una adolescente más segura de si misma, estaría más en paz consigo misma. No obstante, tiene claro que si algo puede corregir, si en algo puede ayudar a Clara, no es precisamente cediendo a sus demandas.

En una ocasión, cansada de las exigencias de su hija, de su insistencia reclamando dinero, tachándola de avariciosa por no querer dárselo, Adela le dice que no se considera en absoluto una mujer ejemplar, que le puede hechar en cara muchas cosas, porque defectos no le faltan, pero precisamente la avaricia no es una de sus características. Y con la mejor intención, con la finalidad de dar solidez a su afirmación, le pone un ejemplo, le cuenta que hace poco ha hecho una importante aportación económica a una organización dedicada a atender a las personas sin techo.

Clara estalla, de forma tan violenta que Adela se arrepiente de habérselo contado. Pensaba que al decírselo quizás la habría hecho reflexionar, pero sólo consigue desatar su ira. Y en posteriores ocasiones de demandas de dinero insatisfechas Clara saca a relucir el tema. Recuerda el caso con resentimiento, con rabia. Considera una injusticia flagrante el comportamiento de su madre.

El incidente no afecta las convicciones de Adela, cree que hace lo correcto y sigue actuando de la misma forma. Con tristeza, porque le cuesta sentirse cercana a Clara cuando le sale esta vena tan egoísta, cuando ve que su hija es incapaz de entender que sus frívolas necesidades son ridículas al lado de las necesidades vitales de tantas personas que viven sufriendo graves precariedades económicas.

Clara es una adolescente confundida, ansiosa, insegura. Con un poco de suerte es probable que cuando supere la adolescencia supere también sus miedos, sus dudas, y sea capaz de construirse ella misma como una persona productiva e independiente. No le faltan ni la energía ni la lucidez necesarias. Habrá que ver si entonces, con la madurez y la libertad de la autonomía conquistadas, también le aflorará la actitud solidaria que Adela ha intentado transmitirle. O si, siendo ya una persona autónoma, seguirá arrastrando toda la vida la actitud consumista y egoísta con la que la sociedad de consumo, aprovechándose de la vulnerabilidad de la adolescencia, la ha esclavizado. La actitud con la que la sociedad de consumo no sólo la ha esclavizado a ella, sino también a la mayoría de personas adultas que la rodean, y que le habrán servido también de referentes.