12 junio 2010

Elogio y peligro de la autoinvención

"A menos que cambiemos de rumbo, terminaremos en el lugar hacia el que nos dirigimos."
Proverbio chino.

Una roca, una bacteria, un primate, nosotros. Todos existimos. Las bacterias, los primates y nosotros además vivimos. Con los primates también compartimos la capacidad de gozar y de sufrir. Sólo nosotros podemos reflexionar sobre el placer y el dolor. Además de hacerlo, podemos intentar incidir sobre su presencia e intensidad en nuestras vidas, procurando potenciar el primero y minimizar el segundo (en esto nos volvemos a asemejar, en distinto grado, a los seres vivos con sistemas nerviosos evolucionados).

Huir del dolor es un impulso biológico. Reivindicar el derecho a no padecer las agresiones ajenas es una invención moral. Cuando trascendemos nuestros propios intereses e incluimos en la reivindicación al resto de las personas damos otro salto cualitativo, efectuamos otra invención moral. La ampliación puede ser parcial o absoluta: incluyendo sólo a los miembros de nuestra propia familia o clan, de la propia ciudad, comarca o nación, o abarcando a la humanidad entera. Incluso podemos incluir a los otros seres sensibles no humanos, igualmente capaces de padecer.

Todos los derechos son invenciones. Así como la idea de la libertad, la igualdad y la fraternidad. También sus opuestos, la idea de la sumisión, la desigualdad y la insolidaridad. Hitler y Gandhi fueron los dos inventores (o actualizadores) de invenciones morales.

A partir del momento evolutivo en que alcanzamos una estructura neuronal suficientemente compleja como para ser capaces de pensar, y luego capaces de pensar moralmente, nuestras vidas cobran un nuevo significado. Como especie y como individuos, nos toca escoger.