13 julio 2010

(desahogos) Luto y celebraciones antropófagas

¿Qué confianza puede merecer una religión cuyos representantes visten de riguroso luto? Siempre de luto, y cuando hacen una excepción, durante la celebración de su principal ceremonia, para la cual se visten de gala (de forma deslumbrante, espectacular), entonces es para escenificar un ritual antropófago durante el que "el cuerpo y la sangre" de su dios es engullido por sus seguidores.

Luto diario y diarias celebraciones antropófagas, y a pesar de todo pretenden erigirse en el presunto lúcido referente de una sociedad, según su criterio, a la deriva.

Es obvio que la sociedad en la que vivimos sufre distintas derivas, algunas peligrosas. No es ni mucho menos una sociedad ideal, pero no parece que sean precisamente estos señores (exactamente, siempre señores, porque su misoginia les impide compartir el liderazgo con las mujeres) los más indicados para impartir lecciones de lucidez y moralidad. En fin, seguramente una de las primeras derivas que hay que corregir es precisamente esta, la gran influencia social que todavía conserva el clero en la sociedad española.

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(1) Después de tanto tiempo de vacaciones anticlericales, el sentido del deber me impulsa a ejercer de nuevo de comentarista y notario, a la vista de la incansable actividad de las altas jerarquías de la Iglesia, la camarilla de la Conferencia Episcopal, con su entrañable portavoz Juan Antonio Martínez Camino a la cabeza. Ante las tibias reformas de la anunciada Ley de Libertad Religiosa (que sin cuestionar la vigencia del actual, vergonzoso e inconstitucional Concordato limita sólo levemente algún privilegio de la Iglesia, como el de conservar los crucifijos en las aulas), empiezan a lanzar mensajes apocalípticos como el de que "prohibir los crucifijos en las aulas es suicida para la cultura europea". Son agotadores, como un sarpullido permanente.